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La identidad protege incluso aquello que nos hace daño

Existe una paradoja que aparece una y otra vez cuando observamos procesos de cambio humano.

Muchas personas dicen querer transformar su vida.

Quieren dejar relaciones que las dañan.

Quieren abandonar hábitos que las limitan.

Quieren superar miedos que las paralizan.

Quieren dejar atrás versiones de sí mismas que ya no les sirven.

Y, sin embargo, cuando el cambio se vuelve posible, algo parece resistirse.

La pregunta es inevitable:

¿Por qué alguien permanecería aferrado a algo que le produce sufrimiento?

La respuesta más habitual suele ser que la persona tiene miedo.

Pero esa explicación, aunque parcialmente cierta, resulta insuficiente.

Porque muchas veces no es el cambio lo que genera temor.

Es lo que el cambio amenaza.

Y lo que suele estar en riesgo no es una conducta.

Es una identidad.

La identidad no es simplemente la respuesta a la pregunta "¿quién soy?".

Es también el conjunto de historias, conclusiones, pertenencias y significados que una persona ha construido para orientarse dentro del mundo.

Funciona como un sistema de coherencia.

Nos permite reconocer quién creemos ser.

Qué lugar ocupamos.

Qué esperamos de nosotros mismos.

Y qué esperamos de los demás.

El problema aparece cuando esa estructura comienza a confundirse con la realidad.

La persona deja de verla como una construcción.

Empieza a vivirla como una verdad.

Y desde ese momento cualquier información que la contradiga puede sentirse como una amenaza.

Incluso si esa información podría mejorar su vida.

Por eso no siempre abandonamos aquello que nos hace daño.

A veces lo protegemos.

No porque nos beneficie.

Sino porque sostiene una narrativa sobre quiénes somos.

Una persona que durante años se ha definido como alguien que debe sacrificarse por los demás puede sentirse profundamente incómoda cuando intenta poner límites.

No porque los límites sean incorrectos.

Sino porque cuestionan una identidad cuidadosamente construida.

Una identidad que tal vez le permitió pertenecer, sentirse valiosa o encontrar un lugar dentro de su sistema familiar.

Lo mismo ocurre con muchas otras formas de sufrimiento.

La persona que se considera insuficiente.

La que se define por su rol de salvadora.

La que necesita demostrar constantemente su valor.

La que organiza su vida alrededor de la aprobación.

La que cree que siempre debe ser fuerte.

La que no sabe quién sería sin el conflicto que ha sostenido durante años.

Desde fuera puede parecer irracional.

Desde dentro tiene sentido.

Porque la identidad cumple una función psicológica fundamental.

Ofrece continuidad.

Ofrece estabilidad.

Ofrece una sensación de orden.

Y el ser humano suele proteger aquello que le proporciona coherencia, incluso cuando esa coherencia genera sufrimiento.

Por eso el cambio profundo rara vez consiste únicamente en modificar comportamientos.

Implica revisar las estructuras que sostienen esos comportamientos.

Implica observar las conclusiones invisibles que organizan nuestra experiencia.

Implica preguntarnos qué versión de nosotros mismos estamos intentando preservar.

Tal vez una persona no se aferra a una situación.

Tal vez se aferra a la identidad que construyó dentro de esa situación.

Tal vez no está defendiendo un problema.

Está defendiendo una narrativa.

Y mientras esa narrativa permanezca invisible, cualquier intento de transformación encontrará resistencia.

La pregunta entonces cambia.

Ya no es:

"¿Por qué no logro cambiar?"

La pregunta se vuelve más profunda.

"¿Qué parte de mí cree que desaparecería si cambiara?"

Porque a veces una persona no se resiste al cambio.

Se resiste a perder la versión de sí misma que aprendió a proteger.

Preguntas para el observador

  • ¿Qué aspectos de mi identidad considero incuestionables?

  • ¿Qué historias cuento repetidamente acerca de quién soy?

  • ¿Qué sufrimientos se han vuelto parte de mi sentido de identidad?

  • ¿Qué parte de mí siente amenaza cuando imagino un cambio profundo?

  • ¿Qué versión de mí mismo estoy intentando preservar?


Danitza Gómez

Investigadora · Autora


 
 
 

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