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La mayoría de las personas no sufren por lo que ocurre


Existe una idea profundamente arraigada en la forma en que solemos comprender el sufrimiento humano.

Pensamos que sufrimos por aquello que nos ocurre.

  • Por una pérdida.

  • Por un rechazo.

  • Por una traición.

  • Por una enfermedad.

  • Por una crisis.

Sin embargo, cuando observamos con atención la experiencia humana, aparece una pregunta incómoda:

¿Por qué dos personas pueden atravesar situaciones similares y responder de formas completamente diferentes?


La respuesta habitual suele buscarse en la personalidad, la historia personal o la resiliencia. Pero tal vez exista una variable más fundamental.


La interpretación.

Los acontecimientos no llegan a nosotros de manera pura.

Llegan atravesando sistemas de creencias, expectativas, memorias, valores, identidades y narrativas personales.

La experiencia nunca se presenta sola.

Siempre aparece acompañada de una explicación.

Y muchas veces confundimos esa explicación con la realidad misma.


Una persona pierde su empleo.


  • Puede interpretar el hecho como una prueba de que ha fracasado.

  • Otra puede interpretarlo como una oportunidad de reorganizar su vida.


El acontecimiento es el mismo.


La experiencia psicológica es completamente distinta.

No porque los hechos hayan cambiado.

Porque el significado ha cambiado.

Desde esta perspectiva, el sufrimiento humano no depende únicamente de aquello que sucede.

Depende también de la forma en que construimos significado alrededor de aquello que sucede.


Esto no implica negar el dolor.


Tampoco implica afirmar que todo es una cuestión de actitud.

Existen experiencias objetivamente difíciles, injustas o traumáticas.


La cuestión es otra.

La experiencia y la interpretación no son lo mismo.


Cuando una interpretación se repite durante años, suele convertirse en una creencia.

Y cuando una creencia se vuelve invisible, comienza a funcionar como si fuera una verdad.

La persona deja de verla.


Solo ve el mundo a través de ella.


A partir de ese momento ya no responde únicamente a los hechos.

Responde al significado que ha aprendido a otorgarles.

Gran parte de nuestro sufrimiento podría estar relacionado con esta confusión.

La confusión entre lo que ocurrió y lo que concluimos acerca de lo que ocurrió.

Entre la experiencia y la historia.

Entre el hecho y el significado.

La metacognición comienza precisamente aquí.


No cuando intentamos cambiar la experiencia.

Sino cuando aprendemos a observar cómo estamos interpretando la experiencia.


La pregunta deja de ser:

"¿Qué me está pasando?"

Y comienza a transformarse en algo diferente:


"¿Desde qué marco estoy comprendiendo lo que me está pasando?"

Tal vez no siempre podamos elegir aquello que ocurre.

Pero sí podemos aprender a observar la estructura desde la cual lo interpretamos.


Y esa observación, por sí sola, puede cambiar profundamente la relación que mantenemos con nuestra experiencia.


Porque tal vez el problema no sea únicamente aquello que ocurrió.

Tal vez el problema sea la historia que aprendimos a contar sobre aquello que ocurrió.

Preguntas para el observador

  • ¿Qué experiencia de mi vida sigo interpretando de la misma manera desde hace años?

  • ¿Qué conclusiones asumí como verdades sin volver a examinarlas?

  • ¿Qué cambiaría si distinguiera entre el hecho y la interpretación?

  • ¿Qué parte de mi sufrimiento está sostenida por una historia que nunca he cuestionado?

Danitza Gómez

Investigadora · Autora

 
 
 

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